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I
Soy carne y la carne me constriñe.
Soy biología y la biología ordena.
Esta carne es el vehículo para estar,
es decir que el cuerpo es lo que me permite habitar aquí y ahora,
habitar en el espacio y en el tiempo o mejor en el espacio-tiempo,
por aquello de no discrepar con el paradigma.
Soy carne y esta carne desde ya hiede a temor, hiede a muerte, hiede a olvido.
Soy carne y esta carne desde ya es la carroña que ha de disfrutar el crio de la mosca.
Sí, soy carne y biología, por tanto,
esclavo servil de las pasiones, miserable prisionero de los vicios, cautivo vil de la materia.
II
A veces siento una extraña rebeldía.
Un ansía de no ser aquello que percibo que soy.
Un deseo insoportable de despojarme de la carne
como si esta fuese un traje que me arropa.
Uno de los condicionamientos de la materia es la finitud.
Una de las condiciones de la carne es la mortalidad
y a veces siento un ansia desesperada de infinito,
unas ansias angustiosas de eternidad.
Quisiese despojarme de la materia
como si esta fuese ropa sucia y arrojarla
y andar libre del sino nefasto de la causalidad y de la casualidad.
A veces siento ser un cóndor enjaulado que después de haber surcado los Andes
en su plenitud y extensión sucumbe ahora con alas tullidas
tras el barrote vil de una jaula zoológica para distracción de insensatos humanos.
III
En momentos de lucidez observo a mis semejantes. ¿Semejantes en qué?
Y los veo arrastrados por la marea del consumo, embadurnados de moda,
orgullosos de estupidez y superficialidad.
En momentos de lucidez observo a natura
y siento que es más de lo que dicen los libros de texto:
tiene vida, ella me parió, soy su sutil creación.
En mí están sus elementos.
En momentos de lucidez observo al cosmos,
y siento que es más grande de lo que alcanza a imaginar la ciencia:
tiene vida, él me fecundó, soy su creación sutil.
En mí sus elementos están.
Soy una exquisita modelación del polvo. En mi habitan el desierto y el bosque.
Soy un fino entretejido del sideral espacio. En mí habitan las estrellas y galaxias.
Hijo soy del infinito y de la eternidad: en mí habita el misterio.
IV
¿Cómo fusionar esta extraña insinuación
de ser materia vil y a la vez eterno e infinito?
¿Cómo comprender esa extraña conjunción
de estupidez y raciocinio que convergen en mí?
¿Cómo soportar el peso de los días y los años
teniendo en frente a la eternidad?
¿Cómo soportar este encarcelamiento en la celda del ahora
pudiendo asir con cautela el infinito?
Prontamente comprendo que soy más que carne que se ha de pudrir.
Prontamente comprendo que algo en mí desea persistir.
Alma o psique le han llamado. Mejor decir espíritu:
fuego interior que anhela, que mueve, que transforma.
Difícil decir si este fuego interior persistirá
después de que esta carne frágil fenezca.
Difícil decir si este fuego interior existió antes de que la materia fuese.
Difícil es dar respuesta a este misterio insoluble.
V
Esta chispa sublime, hija de la eternidad y el infinito,
dormita en la carne humana sometida por la fuerza de la estupidez,
encadenada por los grilletes de la indiferencia,
apabullada por los pisotones de la imbecilidad.
El mundo vil de la materia
desconoce el sublime tesoro que reposa en su interior.
A veces el espíritu escapa a su yugo
y entonces somos conscientes del infinito que nos circunda.
Y la Belleza cautiva nuestro espíritu.
Y nos obnubilamos bajo tanto esplendor. Y la carne sumisa sucumbe.
VI
Y entonces nos percatamos de la eternidad que nos habita.
Del vacío que nos fundamenta.
Y en ese corto lapso de claridad comprendemos quiénes somos,
en dónde estamos, con quién estamos.
Pero, ante la pregunta que increpa, somos incapaces de responder
a tan milenarias inquietudes que nuestros ancestros acertaron al formular.
Quién soy, de dónde vengo, por qué estoy aquí se quedan sin respuesta,
pero con una lúcida comprensión.
VII
Así sentimos que somos parte del todo y semejantes en todo.
Nos sentimos hermanos de esclavitud, compañeros de celda
y entendemos que es menester ser solidario
con aquel que no logró adaptarse a lo terreno.
Ser comprensivo con quien disfruta al asentarse en superficies intelectuales.
No ser juez severo de mi par, en la tragedia de este angustioso acto de existir.
Ser compasivo con aquel que huye
del pavor de estar a solas consigo y se pierde en lo festivo.
No discutir con quien aferra su mirada al suelo
desistiendo de la contemplación del misterio de ser y de existir.
VIII
Después de experimentar este trance de luz, tratar de volver a él
o tenerlo presente de manera perenne y asirlo, aferrarlo, resguardarlo
y andar meditativo tratándolo de enseñar.
Pero cómo es difícil de explicar, documentar, clasificar,
tratar de mostrar en qué consiste actuando hacia los demás
inmersos en la bondad, cultivando la belleza, persistiendo en la verdad.
Así este pequeño infinito que albergo en mi interior
ha de ser capaz de sostenerme mientras, mísero,
voy cabalgando los instantes siendo consciente de mi finitud,
estando sujeto a la vicisitud, siendo afectado por la fortuna,
siendo triste juguete del destino.
IX
Sí, soy carne,
pero carne consciente
del fuego interior que la sostiene.
Profesor César Ramírez