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En una mesa del huarique de mi amigo Parchís, espero el ceviche que pondrá fin a las celebraciones de mi cumpleaños. Tamborileo con la mano izquierda al son de “Llanto de Cocodrilo” de Ray Barreto; con la derecha hago girar la cerveza en el vaso, formando en su interior un diminuto Maelstrom de oro. De pronto, alguien alza la voz desde el fondo:
—¡No seas abusivo, Negro! —y azota su vaso contra la mesa haciendo saltar las chapitas sobre ella.
—Es como te digo, Goldo —responde el otro—, por las huevas te achacas.
—Que te regresen en un avión militar esposado, como si fueras un maleante, eso es indigno, Negro.
—Así son las cosas.
—Tas cagao, Negrito.
—Mira, Goldo —se inclina sobre la mesa, como quien cuenta un secreto— indigno es que tengas que irte de tu país a limpiarle el culo a los gringos, y todo porque los políticos se tiran la plata en whisky, cloro y putas.
—Te estás volviendo facho, Negro. Negro y facho.
—Si no es así, ¿a qué se va toda esa gente, Goldo, a hacer turismo? ¡Son millones!
—Nos vamos porque los gringos explotan nuestros recursos y nos dejan en nada, Negro. Tienes que enterarte, ¿no has escuchado al Razzurin? tienes que leer más. Trabajo, trabajo, ¡en plata nomás piensas!
—Goldo, el país que más recursos extrae de Perú es China, no Estados Unidos, luego le siguen los británicos… los que te gustan. —El flaco hace un gesto pícaro con los labios. Goldo lo mira serio, pero no puede aguantar la risa por mucho tiempo.
Las carcajadas salen volando por las ventanas del huarique, chocando con las paredes del callejón del barrio como una miríada de pájaros borrachos. Parchís emerge de la cocina con una ronda de platos, los reparte con la seriedad de un dealer de casino. Todos comienzan a comer, nadie dice nada por un buen rato. El ceviche nos ha hecho firmar un acuerdo silencioso.