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Después de mucho esfuerzo, terminé de leer Cien cuyes, novela ganadora del premio Alfaguara 2023. Mi conclusión es que es una novela precaria, de la que casi nada puede extraerse, excepto esta crítica. Sin embargo, eso importa poco. Lo importante es lo siguiente: los defectos de la obra podrían ser, en mi opinión, deliberados. A continuación, explicaré por qué.
La tensión narrativa es, en esencia, el motor que impulsa el interés del lector en una novela. Sin ella, la trama pierde fuerza y el atractivo de la historia se diluye. Entre los elementos que componen esta tensión, se destacan el conflicto (un deseo obstaculizado por otro personaje, por las circunstancias, etc.), el desarrollo de personajes complejos, los giros sorpresivos hábilmente administrados, y los dilemas morales. En Cien cuyes, la tensión narrativa es débil, y los personajes no se plantean dilemas morales que enriquezcan la trama. Estos serían sus principales defectos.
Ahora bien, también podría argumentarse que la ausencia de dilemas morales es el resultado de una distorsión de este componente clásico de la novela. Considero que esto ocurre porque la obra tiene como objetivo romper un tabú: la eutanasia. Los personajes de la novela no enfrentan un dilema moral, o este se presenta, como mencioné, distorsionado, relativizado y despojado de profundidad, ya que la obra intenta replicar una realidad en la que dicho dilema no existe. Por ello, Eufrasia Vela, el personaje principal, no experimenta una transformación significativa tras decidir ayudar a morir a los ancianos que «cuida», ya que ella encarna una moral en la que ya se encuentra operando una nueva escala de valores, que es pragmática, irónica, y que no mira hacia atrás para reflexionar acerca del presente. La muerte, para ella, no es una cuestión grave. El deseo de morir, especialmente cuando es ajeno, es fácil de satisfacer e incluso “necesario”.
Así, al presentar la eutanasia, un tema de profunda trascendencia individual y social, de manera tan ligera, el autor parece alinearse con una agenda política específica, una que busca establecer el derecho a una denominada «muerte digna». La estrategia literaria, si mi sospecha es cierta, sería sencilla: presentar la decisión de la eliminación asistida libre de escándalo, sin aspavientos, esto con la finalidad de restarle polémica a un asunto que, de acuerdo al espíritu de la obra, debería verse tan natural como comer, respirar, caminar, etc. De allí que la sola exposición de una historia en la que los personas no se planteen un intenso dilema moral, lo cual es esperable si es la muerte el objeto problemático o polémico, constituya una manera de subvertir de manera sutil la moral del lector, que encontrará en una ficción un tema tan importante como la eutanasia, reducido a una situación baladí, de pronta y rápida ejecución.
En este punto, cabe recordar la teoría política propuesta por Jospeh P. Overton, me refiero a la denominada “Ventana de Overton”. Según esta teoría, las ideas dentro de esta «ventana» son las que pueden ser promovidas públicamente sin generar rechazo social, mientras que las ideas fuera de ella son consideradas radicales o inaceptables. La ventana puede cambiar con el tiempo, desplazándose hacia la aceptación de ideas previamente consideradas inaceptables.
No sería descabellado pensar que novelas como Cien cuyes tengan como simple finalidad poner sobre la mesa temas que son de amplio interés para algunas organizaciones que buscan establecer un nuevo sistema moral en el mundo. Estas organizaciones desplazarían la «ventana de Overton» con el propósito de hacer aceptables ideas que deberían considerarse excepciones y no reglas (como la eutanasia), utilizando múltiples herramientas, tales como la política, la publicidad, la educación, el cine y, por supuesto, la literatura.
Me acerco al final de este artículo señalando que lo que no parece intencional en la novela de Gustavo Rodríguez es la falta de habilidad en el discurso narrativo empleado, el cual es evidente en expresiones que juzgo bastante burdas: “Las nalgas de Eufrasia se descomprimieron otra vez, pero el calzón aguantó el desborde”. Expresiones como la antes citada no reflejan un humor ingenioso, como el autor ha declarado haber desarrollado en su trabajo novelístico en diversos medios periodísticos, sino más bien una comedia forzada y vulgar.
Concluyo lo siguiente: es evidente que mi perspectiva contiene una reflexión moral. Al respecto, no creo que la literatura deba moralizar, pero tampoco pienso que deba degenerar. Los antivalores, a menudo, son la materia prima de buenas obras literarias, pero buenas solo en el sentido de haber alcanzado una notable riqueza expresiva e imaginativa. Sin embargo, considero que la verdadera grandeza literaria no solo logra esas cualidades, sino que va más allá, elevando al ser humano y situando siempre el bien y el mal en sus debidos lugares. Por último, no creo que existan mejores valores que los que nuestra civilización ha alcanzado. Lo que se presenta últimamente, incluso en formatos novelescos, es un intento lamentable de acabar con lo poco que nos queda de razón.