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A mi juicio, uno de los mejores cuentos de Julio Ramón Ribeyro es «Los gallinazos sin plumas», el cual forma parte de «La palabra del mudo», libro de cuentos que, desde su primera publicación en 1972, ha tenido varias y oportunas reediciones. Sus seguidores, tanto peruanos como extranjeros (me incluyo entre los primeros), hemos celebrado con gran entusiasmo estos sucesivos y acertados esfuerzos editoriales.
Escrito en París en 1954 —según se indica en su antología cuentística—, «Los gallinazos sin plumas» narra una historia trágica: un abuelo discapacitado abusa de sus dos nietos, imponiéndoles la vil tarea de buscar alimento entre la basura para su cerdo, llamado Pascual, al que está engordando con la finalidad de venderlo a buen precio.
El ambiente corresponde a un barrio pobre de Lima, uno de esos tantos recovecos de esta ciudad nuestra donde suelen perderse con relativa facilidad la billetera, la esperanza y hasta la vida. Durante su lectura, resulta casi imposible que el trato injusto del abuelo hacia sus nietos no genere, al menos en espíritus sensibles, rabia e indignación; sobre todo teniendo en cuenta la corta edad de Enrique y Efraín, quienes no tienen otra riqueza que su hermandad en medio de una dolorosa pobreza material, agravada por el maltrato, la injusticia y el dolor. Debido a estos y otros detalles, la atmósfera del cuento deviene opresiva.
La imagen final de dos niños abusados, huérfanos y enfrentados a los peligros de la calle es también el inicio de otra historia aún más terrible, una no contada, que sugiere la posibilidad de una trama ulterior, todavía más profunda que la primigenia. Esta queda al final flotando y circundando la historia escrita, dotándola de un halo de mayor intensidad.
La escritura correcta de un cuento exige cualidades que pocos narradores poseen. Julio Ramón Ribeyro, pese a sus dudas e inconstancias (véase «La tentación del fracaso»), fue un cuentista consumado que supo indagar la realidad y expresarla de manera sencilla a través de personajes, por lo general, marginales de la sociedad. De su literatura emana un realismo pesimista que se apoya en experiencias vitales donde hay siempre una tensión, un quiebre, un punto de inflexión transformador. De ese modo, luego del evento aciago, del cambio abrupto, la vida de los personajes de Ribeyro no vuelve a ser la misma. Lo que les ocurre después, es decir, su destino, es un misterio que cobra múltiples formas, ninguna definitiva, en la imaginación de los lectores.
El cuento tiene un título peculiar: alude a esas oscuras aves de rapiña que abundan en Lima, principalmente en las inmediaciones de su río principal, el Rímac, el cual mi generación conoció ya enfermo. Los gallinazos son criaturas marginales, a veces temidas, pero importantes. Laboriosas y sufridas, no trinan ni lucen hermosura alguna, aunque viven junto a nosotros, libres en el corazón de la ciudad, tragándose lo que desechamos a diario y recogiendo los residuos de muerte que nadie, al llegar la claridad de un nuevo día, alcanza a ver.
Considero «Los gallinazos sin plumas» una verdadera joya de nuestra literatura nacional, y no dudo en recomendar su lectura. Esta obra cumple una doble función: por un lado, introduce a los lectores novatos en un estilo literario único, y por otro, los sumerge en la cruda realidad de un mundo cuyo rostro puede asemejarse al de un abuelo malvado.