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El caballero Carmelo

Quiero pensar, tal vez ingenuamente, que son pocos los que en el Perú no han leído el cuento «El caballero Carmelo», el cual cuenta la historia de aquel gallo de finísima estampa guerrera que no solo venció al Ajiseco tras una dramática pelea, sino también al tiempo, el más temible enemigo de las ficciones literarias.

Abraham Valdelomar, el autor, murió joven, demasiado pronto, sobre todo si consideramos lo que podía ofrecer según su talento. No obstante, en un lapso corto, logró asegurarse un espacio en la pléyade literaria nacional.

El cuento se publicó en el extinto diario «La Nación» un 13 de noviembre de 1913, cuando Valdelomar contaba con veinticinco años. Mirando hacia atrás, son pocos los escritores peruanos que pueden comparársele, ya sea por su notable manejo del idioma, su inventiva y su variedad temática. La perfección es una meta inalcanzable que muchos artistas persiguen con ahínco, y Valdelomar, sin duda, se aproximó bastante.

Quien descubra la obra de Abraham Valdelomar se encontrará con un escritor amante de la naturaleza. Para él, los lugares y los animales son elementos sagrados, dignos de observación y pleitesía. Su prosa poética, nostálgica y agradecida con los encantos de la tierra que sus tempranos ojos de escritor supieron ver desde la infancia, alcanza cumbres elevadas cuando se dedica a describirlos.

«El caballero Carmelo» es un cuento breve e intenso. Está lleno de imágenes vívidas y escrito con gran precisión, un requisito indispensable de las obras maestras. Cada palabra tiene un propósito definido, capaz de estimular la imaginación de cualquier tipo de lector. Las digresiones, aunque presentes, no resultan fatigosas y sirven para recrear una época de difícil acceso para nosotros. Gracias a la astucia del autor, ese pasado viaja hasta nosotros sin perder su frescura y esplendor de antaño.

Nacido para pelear y obligado desde siempre a vencer, el caballero Carmelo es un guerrero innato que se muestra dócil en un entorno doméstico y ante los ojos de unos niños que no quieren verlo sufrir ni morir. Tras una decisión penosa, el padre lo lleva a luchar, donde debe demostrar en una batalla sangrienta el linaje de los gallos del Valle de Caucato. Pese a las súplicas de los niños, que lo cuidan como a un semejante caído en desgracia, la suerte del gallo de cola tornasolada está echada.

El destino del caballero Carmelo es la muerte. Pero esta muerte, de alguna manera, es digna: empujado hacia un desenlace violento, el caballero Carmelo, más valiente que muchos hombres, no retrocede jamás. Impedido por su condición de animal sin malicia, no sabe hacer otra cosa que enfrentar su tragedia y morir sin rencor. Sin embargo, la bravura y la dignidad del gallo no borran la tristeza de su ausencia ni el vacío que cobra aún más hondura a la mañana siguiente de su final, cuando ya no se escucha su canto. La única opción que queda es inmortalizarlo, dejar que sus plumas brillen en ese mundo perdurable hecho de palabras. Esta podría ser la ontología del Carmelo, la íntima y urgente necesidad del escritor Abraham Valdelomar.

Muerto el héroe, el cuento termina pronto; no hay más digresiones que inviten a soñar con el cielo o la tierra, con hombres y mujeres de una lejana provincia del sur del Perú. Valdelomar, el narrador, nos cuenta que así pasó por el mundo aquel héroe ignorado, amigo tan querido de su niñez. La ficción, por un instante, parece dar paso a la confesión; el rostro del escritor se oculta y aparecen las facciones del ser humano condolido, que escribe para expresar una tristeza profunda, producto de la conciencia de saberse inerme ante la verdad de la muerte.

Podrá decirse que esto es una exageración, pero si los cuentos no sirven para estremecernos ni para compartir honestamente con el resto de los seres humanos una cotidiana tragedia de nuestras vidas, no sé para qué más pueden servir.



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Jesús Rodrigo Ledesma Goñi

Abogado especialista en derecho administrativo y gestión pública. Escritor. Finalista del 1er concurso de cuento organizado por la editorial Albea.

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