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«La guerra de todos es padre, de todos rey; a los unos los designa como dioses, a los otros, como hombres; a los unos los hace esclavos, a los otros, libres.»
—Heráclito, Fragmento 53—
¿Qué tienen en común las filosofías predominantes en hispanoamérica, sobre todo las que imperan en el pensamiento político? Quizá, la propiedad que todas estas filosofías comparten, es su afán totalizador1.
Los pensadores que las fundan y desarrollan, nos prometen tomar la descomunal multiplicidad de objetos, sujetos y relaciones existentes, y darnos a cambio un modelo sencillo pero verdadero, regido por leyes que, con un poco de esfuerzo, podremos entender. Luego de leerlos, de escucharlos y de aceptar sus ideas, habremos comprendido la realidad.
La realidad, nos dicen, no consta de esencias ni de sustancias estancas y calcificadas, tal como pensaban los antiguos, sino que es un entramado formado por el desarrollo constante de los múltiples seres, desarrollo cuya ley es la contradicción. He aquí otro rasgo más: el constante devenir.
El atractivo de estas doctrinas radica en la promesa de comprender el mundo en su abrumadora multiplicidad, en su constante movimiento sintetizador que no desprecia nada. Lo curioso es que quienes suscriben estas filosofías, suelen también, mostrarse reacios ante fenómenos que comparten estas mismas características. Fenómenos sociales como el proceso de producción capitalista, que multiplica los entes a una velocidad vertiginosa, que absorbe dentro de su espiral integrador y desintegrador objetos, sujetos y relaciones, incluso los que le son contrarios y amenazan su propia existencia.
Ante procesos como éste, que parecen expresar con gran fidelidad las características que estas doctrinas atribuyen a la realidad, sus seguidores se muestran aterrorizados, pasmados, indignados y recurren a aquellas esencias antes despreciadas por viejas y petrificadas: “lo justo”, “lo humano”, “lo bueno”, “lo bello“, intentando asirse de ellas, como un borracho de una baranda al bajar las escaleras.
Pasado el mareo metafísico, estos sabios piden pensar contra las leyes que previamente establecieron para todo lo demás: “¡rechacemos esa multiplicidad, denunciemos como destructor ese constante movimiento, ese monstruoso devenir de la materia en mercancía!“. Y, por supuesto, rechazar no es negar. Para negar debemos primero aceptar la afirmación, pero no podemos aceptar algo que la intuición más primitiva, la de nuestras entrañas, rechaza con todo su poder visceral.
El rechazo de esa realidad que no podemos tolerar, hace imposible la contradicción como principio, la quiebra. Ayuda a consumar el triunfo del viejo y confiable principio que ha regido y regirá la racionalidad mientras el hombre sea hombre: el principio de no contradicción.